Tierra en Relieves

Existe la posibilidad, si una se lo permite, de escuchar la voz de las montañas. Y cuando eso pasa, no se puede olvidar. Se siente como si fuese un respiro profundo y ganas de llorar, no de tristeza, pero de felicidad. Sentirse completa. (Dos canciones que me recuerdan ese sentimiento son “somethinggreater” de Parcels y “wash my sins away” de berlioz).

Así empezó mi relación con los volcanes, con las montañas. Ellos, ellas —porque les creo con identidad— me han visto en mis momentos más vulnerables. Siento que mi vida cambió, y solo puedo pensar en la frase de Mariana Matija en Niñapajaroglaciar: “el cuerpo es la feria de entender las cosas por experiencia directa”. Con esa misma certeza nace mi propia versión de la colección de Sereno, Tierra en Relieves: mi propósito es conocerme a través de la topografía de Guatemala, mi país.

Hay cosas tan sorprendentes que se rehúsan a ser solo palabras. Me gusta pensar que, de distintas formas, tanto Analuz como yo, buscamos capturar la grandeza, lo inexpresable y llevarlo a casa. Por eso el arte en sus velas y mi fluir entre senderos.

Volcán de Agua – Hunapú-

No recuerdo el momento exacto en que lo conocí. Creo, genuinamente, que no hay un momento de mi existencia en que pueda imaginarme sin él. Cada vez que intento pensar en mi experiencia como guatemalteca, su forma aparece imponiéndose sobre los demás: un triángulo perfecto, gato dormido, diría el cantautor guatemalteco Pedro Boche. Quizás es porque fue a quien me presentaron primero. Desde primaria lo conozco, lo veía en los viajes a la Antigua en salidas familiares. Su presencia me reconforta, me acompaña mientras juego con mis memorias.

Siempre tuve curiosidad por él y su sombrerito blanco. Recientemente he tenido la oportunidad de acercarme más. En 2024 quería que fuese algo más que un paisaje. En julio fui a conocer la Casa Museo Luis de Lión (@proyectoluisdelion) en San Juan del Obispo, Sacatepéquez, en las faldas del volcán. Imagino lo que sería nacer y crecer con él, teniéndolo como observador de mis años más orgánicos y genuinos.

En agosto decidí participar en la carrera de montaña «Shiguala» (@trailrunning_shiguala): 18 kilómetros y 2,200 metros de desnivel por la ruta extrema, desde Ciudad Vieja, Sacatepéquez. Fue la primera vez que incursionaba en sus veredas. Estaba muy nerviosa. De camino a la salida solo podía ver lo grande que es: colosal, terrenal. Lo que más me emocionaba era adentrarme. No quería ni un minuto de asfalto, pero claramente no es posible. La carrera inicia desde la municipalidad de Ciudad Vieja y busca hacia el sur la vereda que lleva a otro mundo.

 

En el kilómetro 1.5 apenas estaba saliendo del «ruedo» de la falda del volcán. Me guiaban en el camino. A la derecha, siembras de café, chiquitas y medianas, además de unos arbolitos delgados con copitas frondosas. A mi izquierda, una mezcla de árboles que no sé identificar, pero estaba lleno de ellos. Mis piernas y corazón ya sentían el cambio de terreno y la inclinación. Tuve que parar unos segundos a respirar profundo y, en ese momento, vi a la derecha. Me saludaban los colosales hermanos: Volcán de Fuego y Acatenango, en tonos azules y verdes, rodeados de nubes blancas (altocúmulos, si no estoy mal). ¡Maaaadre mía! Pensé. No podía creer lo que estaba viendo. ¿Cómo es posible que en una distancia tan corta ya esté viendo tanto?

Retomé mi carrera. Al pasar las siembras de café, empezó la verdadera aventura. Empecé a notar cómo el camino se iba cerrando: tenía ramas arriba, abajo por los tobillos, a los lados, raíces expuestas que parecen olas en el suelo. Verde aquí, verde allá, unos toques de ámbar que fluyen entre las hojas y el café. A eso se sumaban mi corazón agitado y mi respiración. Mis pies se empezaron a inclinar hacia adelante. Subía, subía y subía. Saqué mis bastones para ayudarme y, para mi sorpresa, el camino se abrió como si entrara a una vecindad de árboles. Algunos tenían ramitas a todo su alrededor como si fuesen lianas, otros, musgo de colores. Seguí subiendo y solo pude preguntarme: ¿qué haces aquí?

Cuando parecía que seguirá igual, entré a otro espacio. Mi cielo se abrió. Supongo que también la vida es así. Mis ojos veían al frente: grama alta en un tono verde suave, bailando al son del viento, piedras vestidas con musgo verde brillante, árboles altos, algunos frondosos y otros pelones, todos viéndome subir. A mi espalda, al voltear, comprendí que solo era una persona más. Me sentí tan pequeña. Vi al Volcán de Fuego y al Acatenango. Vi cadenas de montañas acompañadas de nubes. Mi mirada no tenía límite. Más allá siempre había algo por observar.

Llegué a las antenas y solo me quedé dos minutos. Sentí el frío paralizador. Me urgía ponerme otra capa para limitar el viento en mi piel e iniciar el descenso. Me abrigué y para abajo. En retrospectiva me doy cuenta de que a quien conocí subiendo no era el mismo que al bajar. Ni él, ni yo. El descenso es duro. Las paredes con las que me topé al inicio ahora eran resbaladeros llenos de obstáculos: piedras, raíces y gradas pronunciadas.

Fue todo un reto para mí poder descender con la mente en su lugar. Para ese momento ya habían pasado 4 horas con 28 minutos. Mis pies estaban un poco asfixiados: me había apretado los tenis más de lo necesario. Toparme de nuevo con estos senderos para llegar a la meta requirió que buscara dentro de mí fuerza. Fuerza para saber que podía terminar, fuerza para llegar a descansar y comer, fuerza para parar, para ya no seguir, pero en un lugar apropiado. Busqué entre mis experiencias, comentarios ajenos y música. Me costó mucho encontrar, pero mientras exploraba mis propios recovecos, las piernas me llevaron por los propios del volcán hacia la meta. Lloré de puro orgullo. Llegué. Crucé la meta y con ello la prueba de que puedo lograr muchas cosas, aunque el camino sea empinado.

Hoy, pienso en todo lo que subí y bajé, las veces que sentí que ya no daba más, como en los momentos en los que mentí fuerte…sonrío. Supongo que varios hechos pueden ser verdad al mismo tiempo. Tracé la ruta en Google Earth y los números me sorprendieron: una pendiente mediana de 18° (33%) y tramos máximos de 54° (136%). Al ver al Volcán de Agua, recuerdo. Al ver la vela de Sereno, recuerdo. Eso quiero: recordar quién fui durante esa aventura y las lecciones que aprendí ese día.

Por Ana Rosales

@kaizen.494

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