Más allá de la cumbre
Eran aproximadamente las 4:30 de la mañana cuando finalmente llegamos a la cumbre del volcán Santa María.
Después de varias horas caminando en la oscuridad, lo único que quería era llegar. El cansancio ya pesaba en todo mi cuerpo y el sueño comenzaba a ganar la batalla. Cuando finalmente llegamos, busqué una piedra donde pudiera acomodarme y descansar mientras esperaba el amanecer.
Me acosté y levanté la mirada.
Arriba de mí estaba el cielo completamente despejado y lleno de estrellas. Por unos minutos no pensé en el cansancio, en el frío ni en cuánto había costado llegar hasta allí. Simplemente me quedé contemplándolo.
En medio de aquella oscuridad, rodeada de frío, silencio y aquella inmensa presencia del volcán, sentí una paz difícil de explicar. Estaba agotada físicamente, pero por dentro me sentía fuerte, valiente y, sobre todo, feliz de estar exactamente donde quería estar.
Fue en ese momento, mirando las estrellas desde aquella altura, cuando pensé en lo poderosa que puede llegar a ser nuestra mente.
La noche del ascenso
Habíamos decidido subir el Santa María de noche para poder llegar a tiempo y contemplar el amanecer desde la cumbre. Al principio me sentía bastante bien. La emoción de comenzar una nueva aventura hacía que el cansancio todavía no apareciera.
Pero conforme avanzábamos, el camino comenzó a cambiar.
El terreno era bastante rocoso y había tramos en los que tenía que concentrarme completamente en dónde colocar los pies. Por alguna razón, sentía que me cansaba más rápido que cuando subí el Acatenango. Las rocas eran grandes y, mientras caminaba, uno de mis pensamientos se repetía en mi cabeza:
“Espero no caerme de aquí”.
Además, era de noche.
Aunque llevaba mi linterna, la oscuridad hacía que la sensación de altura fuera todavía más intensa. Tengo que confesar que las alturas me dan miedo y me provocan vértigo. En algunos momentos, al mirar hacia abajo y no poder distinguir claramente lo que había más allá de la luz de mi linterna, sentía que el miedo comenzaba a apoderarse de mí.
Hubo un momento en el que llegué a preguntarme si realmente debía continuar.
Mi mente estaba concentrándose más en la altura que en el objetivo.
Pero entonces aparecía algo que hizo una gran diferencia: mi grupo.
Escuchar a mis compañeros decirme “Feli, tú puedes”, sentir que estaban pendientes de cómo me encontraba y saber que no estaba sola me daba seguridad. No tenía que enfrentar aquel miedo por mi cuenta.
Respiraba, volvía a mirar hacia adelante y continuaba.
Paso a paso.
Cuando el cuerpo comienza a pesar
Para cuando llegamos aproximadamente a la mitad del camino, todo comenzaba a sentirse más pesado. Las piernas estaban cansadas y necesitaba descansar con mayor frecuencia.
Hacíamos pequeñas pausas, de aproximadamente cinco minutos. No podíamos detenernos demasiado tiempo porque el frío comenzaba a sentirse cada vez más y, si el cuerpo se enfriaba, continuar se volvía todavía más difícil.
Y estaba el sueño.
No había dormido durante la noche y sentía el cansancio acumulándose poco a poco. El cuerpo pedía descanso, pero todavía faltaba camino por recorrer.
Llevaba un chocolate conmigo para recuperar un poco de energía. Entre pequeños descansos, respiraciones profundas, agua, chocolate y muchas ganas de llegar, continuamos avanzando.
En esos momentos aprendí a no pensar en cuánto faltaba.
Solo pensaba en el siguiente paso.
Y después, en el siguiente.
Hasta que finalmente llegamos.
Un instante para recordar
El amanecer fue hermoso.
Tenía los pies completamente congelados y me dolían, pero realmente había valido la pena cada paso.
Poco a poco, el cielo comenzó a cambiar y la oscuridad de la noche dio paso a los primeros colores de la mañana. Desde la cumbre pudimos contemplar el volcán Santiaguito y disfrutar de una vista impresionante.
Estábamos en El Picacho, un verdadero mirador natural.

Pero mientras observaba todo aquello, entendí algo que quizás fue más importante que la propia vista: para mí, llegar a la cumbre no era realmente lo más importante.
Lo importante había sido todo el proceso.
El sacrificio.
El cansancio.
El miedo.
Las dudas.
Cada paso que di aun cuando una parte de mí quería detenerse.
Durante todo el camino intenté concentrarme en mis pasos, en mi respiración y en contemplar la naturaleza durante la noche. Escuchaba los sonidos del volcán y, por momentos, simplemente me permitía estar presente.
Y fue allí donde entendí que muchas veces somos capaces de hacer mucho más de lo que creemos.
Encontrarme en el camino
Después llegó el descenso, que fue completamente diferente.
Bajar fue mucho más fácil. Casi parecía que íbamos corriendo. Nos tomó alrededor de cuatro horas llegar nuevamente abajo, pero para entonces yo ya llevaba conmigo algo mucho más importante que el cansancio de la subida: una enorme sensación de satisfacción.
Me había demostrado a mí misma que podía hacerlo.
El Santa María fue el segundo volcán que escalé y, hasta ese momento, ha sido el que más me ha gustado. No solamente por sus paisajes o por la belleza de ver amanecer desde la cima, sino por todo lo que despertó en mí.
Sentí que me conecté conmigo misma.
Conecté con mi niña interior. Tuve la oportunidad de descansar del ruido, desconectarme por un momento de todo lo que ocurre afuera y volver a enfocarme en mi centro.
Para mí, subir un volcán significa mucho más que hacer ejercicio o alcanzar una cumbre. Me da fuerza, me enseña resiliencia y me recuerda que puedo seguir adelante incluso cuando mi mente me dice que ya no puedo más.
En el ascenso entendí que no siempre se trata de saber cuánto falta para llegar. A veces solo necesitamos concentrarnos en el siguiente paso.
Y quizás eso también sea una forma de vivir.
Un paso a la vez.
Cuando estoy en un volcán siento que puedo desconectarme de todo y volver a encontrarme conmigo misma. Puedo dejar por un momento el ruido de afuera, escuchar mis pensamientos y simplemente estar presente.
Conecté con mi niña interior y descubrí que estos espacios de naturaleza se han convertido, de alguna manera, en mi propia terapia.
El Santa María fue mi segundo volcán y, definitivamente, volvería a subirlo. No solamente por llegar a la cima, sino por todo lo que sucede en el camino.
Porque algunas veces, cuando creemos que estamos subiendo para llegar a algún lugar, terminamos encontrándonos a nosotros mismos.
Felisa Ucelo



